Apuntes

José León Suárez

Por Tribuna Docente - 21 de Marzo, 2007, 21:24, Categoría: General

SOLICITADA DE LOS DOCENTES DE LA EPB 51 Y ESB 40

Ante el atroz hecho ocurrido en nuestro establecimiento escolar, los docentes de la EPB 51 y de la ESB 40 queremos, en primer lugar y por sobre todas las cosas, expresar el dolor, la angustia, y nuestra solidaridad hacia la niña y hacia su familia que jamás, JAMÁS deberían haber vivido una situación así, mucho menos en una escuela.
En segundo lugar, y debido a la cantidad de información distorsionada y malintencionada que hemos visto circular en los medios, creemos que tenemos algunas cosas para decir: Los hechos que nos tuvieron como protagonistas ocurrieron en la escuela al finalizar las clases del turno mañana, cuando los alumnos y los docentes ya se habían retirado del establecimiento, y no en el horario de comedor, como se dijo. Pero además, lo ocurrido en la escuela 51, no es sino la gota que rebalsa el vaso de una dramática situación que vivimos, no sólo en nuestro establecimiento, sino también en otras instituciones educativas del conurbano bonaerense.
Suponemos que los fundamentos más importantes de la educación pública son asegurar la equidad, la inclusión social, la igualdad de oportunidades. Sin embargo, mientras otros establecimientos estatales gozan de beneficios tales como sala de computación, sala de audiovisuales, etc., nuestra escuela padece desde hace muchos años techos de chapa llenos de fisuras, caños rotos, paredes endebles, pozos ciegos abiertos, ventanas sin vidrios y con marcos completamente destrozados. La escuela parece una suerte de galpón donde arrojar lo que el sistema ve como desperdicios. Así es, el Estado construyó una escuela para pobres. No posee gas natural y mucho menos una línea telefónica.
Pero el año pasado los papás dijeron basta y tomaron la escuela, apoyados por todos los docentes del establecimiento, que de igual manera que los chicos, estamos expuestos a peligros de todo tipo. A partir de las protestas, se acercaron representantes del Consejo Escolar de San Martín, funcionarios de La Plata, y hasta el propio ministro Randazzo. A modo de visitas guiadas, los papás los llevaron a conocer los baños que perdían por todos lados, las ventanas rotas, las paredes peligrosas, los cables a la vista, y en medio de todo esto, la reja del frente, destruida por un árbol que cayó durante una tormenta. Todos parecieron consternarse mucho y prometieron hacer algo. Luego de idas y venidas, de fechas incumplidas y de nuevas tomas, llegó el día: la licitación se realizó y una empresa quedó como adjudicataria de los arreglos.
En agosto, antes de comenzar las refacciones, se consultó a los papás si querían trasladar a los chicos ó hacer la obra en tramos, sin tener que mudarlos. Desconfiados, descreídos, éstos optaron por lo segundo. En definitiva, la obra iba a durar sólo 90 días.
Sin embargo, con consternación y rabia, durante todos estos meses fuimos observando como todos los arreglos se hacían mal, como los tiempos se iban dilatando y como habían quedado fuera del pliego, pese a ser lo prioritario, temas urgentes tales como baños, vidrios, la reja del frente. Llegado febrero de este año todavía no se había finalizado. Por el contrario, la obra estuvo detenida durante las vacaciones.
Y hoy ocurrió esta desgracia. Hay muchas cosas que no entendemos, pero algunas que nos quedan claras:
Cuando cayó la reja, las autoridades tanto de primaria como de secundaria hicieron (y siguieron haciendo) los correspondientes reclamos. ¿Cuánto le costaba al Estado invertir en una reja? Es evidente que si la escuela hubiese estado cerrada, una vez que las clases finalizaron, nada hubiera ocurrido. Por otra parte, la obra debía terminarse en los plazos correspondientes y no fue así. En marzo no debía haber ni un solo albañil trabajando.
Los padres, evidentemente angustiados, tomaron como blanco de su furia a la flamante directora de primaria y a las maestras que ya se habían retirado. Pero nadie, absolutamente nadie del Consejo Escolar salió a dar la cara para explicarles que los directivos de un establecimiento no tienen ningún tipo de injerencia en el desarrollo de la obra, ni en la contratación de sus empleados. Son ellos, y la empresa adjudicataria, los responsables, y deberían hacerse cargo.
¿Por qué en su momento se sometió a consideración de la comunidad si debíamos quedarnos o irnos mientras se construía? ¿Quizás para deslindarse de esa responsabilidad? Porque verdaderamente ¿Qué podemos saber docentes y padres de tiempos, tramos y peligros de una obra dentro de una escuela? Suponemos que hay gente idónea a la que se le paga un sueldo para velar por el bienestar de los establecimientos y de sus integrantes. Algunas personas cercanas nos han preguntado ¿Por qué seguimos dando clases en este estado de situación? Hoy, ante los hechos consumados, resulta ilógico. Pero entonces la pregunta era ¿Por qué no hacerlo? Sí se nos planteaba que era absolutamente posible, es más, se nos dio a elegir. Además, la mayoría de nosotros ingresamos a la escuela en este estado y queríamos, de todas formas, poder enseñarles a estos chicos, que, más que ningún otro, se merecen una educación digna. Lejos de considerarnos víctimas, sumimos el único rol que nos debería estar asignado! que es el de enseñar. Debía haber otras instancias superiores a nosotros que evaluaran los riesgos ó peligros de trabajar en una escuela en refacción y que controlaran al personal que en ella trabajaba.
Y hoy llegamos a esta situación ¿Qué es lo próximo? ¿Una muerte?
La comunidad educativa del establecimiento en su totalidad se encuentra hoy en una crisis devastadora, y no sabemos ni encontramos cuál puede ser la salida: empezando por el dolor de una criatura que hoy debería estar jugando, estudiando y no padeciendo el horror del que ella y su familia fueron víctimas. Pero también, padres heridos, llenos de decepción ante las promesas otra vez incumplidas y de enojo con nosotros, que debíamos velar por el bienestar de sus hijos; docentes aturdidos, shokeados, dolidos, que nos preguntamos y repreguntamos si es posible volver a dar clases y decir a los papás que sus hijos están en buenas manos y en un buen lugar. Y los chicos, por supuesto, ¿Qué mensaje les quedará de todo esto? ¿Para qué sirvió el reclamo hecho por los adultos durante un año? ¿Pueden ellos acaso soñar un futuro mejor?

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